Ámame

 


Jamás había visto una luna tan brillante. Lo apreciaba por la ventana, al interior del bus interdepartamental. Al lado mío estaba un sujeto inmerso en su sueño, al igual que la mayoría de los pasajeros. Sólo se oía el ruido del motor y las llantas desplazándose por la carretera. Afuera se veían las siluetas de los árboles y de las casas de adobe abandonadas. El cielo nocturno estaba despejado, las estrellas brillaban en su máximo resplandor, era un bello paisaje, pero teñido de azul oscuro.

 

Me puse los audífonos para escuchar música, no había señal para llamadas, menos Internet. Tenía algunas canciones grabadas en el celular, puse las que había. Hace varias horas que seguíamos en línea recta y ningún bus o vehículo pasaba por aquí.

 

El paisaje era hipnotizante y el sueño me conquistaba lentamente. De pronto, sentí un fuerte golpe en mi pecho que me dejó sin aire. Nos salimos del carril. Las personas gritaron. Se volcó. Sé que todo ocurrió en segundos, pero vi en cámara lenta volar las maletas por doquier y también a las personas. Se golpearon unos con otros. Yo también estuve en el aire y me choqué con no sé qué. Mis oídos se quedaron con ese sonido agudo, con ese tiiiiiiiiiiid.

 

Ya no recuerdo más. Perdí la noción del tiempo. Me despertó los gritos de auxilio, los llantos. La ventana aún daba al horizonte, la luna seguía bella, todo allí afuera estaba intacto. Sentí que algo caliente resbalaba por mis mejillas. Estaba oscuro, no podía diferenciar nada. Tampoco podía levantarme, no tenía fuerzas, había algo que me aplastaba.

 

En ese momento mi menté fue bombardeada por mil ideas. Pensé en aquel partido de fútbol al que nunca logré asistir. Pensé en mi novia y en la familia que queríamos juntos. Pensé en el concierto del Luismi al que quería asistir, en las clases de piano que tenía pendiente, ya había pagado por dos meses, en mi madre y mi hermano.

 

La luz de la luna aún brillaba, tal vez más fuerte que antes, ingresaba de a poco por la ventana, como si me buscara, mi mano derecha logró tocarla. En mis audífonos aún se reproducía “Ámame” de los Ronisch, me encantaba esa canción, pero no sabía que la tenía en mi playlist. Las voces al interior del bus cada vez se hacían más débiles. Todavía escuchaba ese sonido agudo. 

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