LOS CANES CHORROS
Una de las escenas más icónicas de Suita fue aquella
madrugada de miércoles cuando robó un pedazo de carne res de aproximadamente cinco
kilos del puesto de Maribel de la Asociación 18 de Febrero, en La Cancha. Lo
arrastró por los angostos pasillos mientras los transeúntes observaban, hecho que
causó risas y molestias por los comerciantes. Fue tal vez uno de los robo más
grandes que hizo un can en la zona.
La llamaron “Suita” por su reputación. Su nombre en
quechua significa “ladrona o ladronita”. Utilizaron el diminutivo por su
pequeño tamaño. Su pelaje era negro, no pertenecía a ninguna raza, como la
mayoría de los callejeros, y tenía el hocico largo, una característica de los
perros “chorros (término popular utilizado que se refiere a los ladrones)”,
según las comerciantes.
Posterior al robo, especularon varias teorías sobre
la desaparición de este can. Algunos decían que la vieron robando en otro
mercado, otros, culparon a Maribel por colocar intencionalmente veneno en la
carne que fue robado, también aseguraron que el guardia de seguridad lo asesinó a macanazos un sábado por la noche.
Actualmente, uno hurto similar ocurre en el sector de
venta de animales de La Pampa, donde un can de color crema suele robar hámsters,
palomas, conejos, pollos y demás. El sábado pasado, un hámster de Florencia,
una señora de cuarenta años que se ha dedicado más de dos décadas a este
negocio, fue una de sus víctimas. Pancha audazmente sacó al pequeño de una
canasta. “Los ladrones no solo son personas, sino también estos animales
callejeros. No fui la única víctima de estos suceso, todos hemos sido afectados
alguna vez”, sostuvo.
Ese sábado, los hijos de Florencia siguieron a Pancha
(nombrada así en memoria de la comerciante de la tercera edad que solía robar
animales de sus colegas), con el fin de recuperar al hámster, pero la perdieron
de vista cuando se sumergió entre las centenares de personas que circulaban por
la avenida Pulacayo en día de feria. Aseguran que el espíritu de doña Pancha
mora en ese perro callejero.
En Cochabamba hay 250 mil canes aproximadamente,
según el jefe de la División de Zoonosis de la Alcaldía, Javier Rodríguez, y
más de 50 mil están en situación de calle, de esta última cifra, el 65 % vaga en el Cercado.
En la avenida Pulacayo, en el sector de panes, cerca
de la clínica San Juan de Dios, los comerciantes aconsejan a sus clientes tener
cuidado de Rambo (bautizado así porque actúa solo y nadie pudo con él, incluso
intentaron envenenarlo, pero aún sigue con vida). Dicen que suele quitar los
panes, no solo de las canastas donde se exponen, sino también de las bolsas de
los compradores y corre y corre y corre… quién sabe a dónde. “Corre como él es,
como ratero. Le hemos pegado. Cada cuando lo vemos lo botamos, pero igual
aparece”, señala Varinia, una vendedora de panes.
Rocío Villarroel, un voluntaria de la fundación
Patitas Descalzas (en defensa de los animales), manifiesta que los canes ante la
carencia de comida buscan modos para
alimentarse a sí mismos y a sus crías. “En eso consiste la ley de la
supervivencia. Ante la situación, hemos rescatado algunos de esos sectores en estado de
desnutrición, pero es difícil lidiar con todos”.
En julio del 2016, el Proyecto Lu instaló más de tres
comederos y bebederos en lugares “estratégicos” en el Cercado. Cuya iniciativa fue para motivar a otras organizaciones de defensa animal a multiplicar los
puntos de alimentación para los canes callejeros. A la fecha, los comederos se
encuentran abandonados.
En innumerables
oportunidades, las comerciantes exigieron a Zoonosis la captura de Pancha, Suita, Rambo y otros.
Rodríguez admitió que las instalaciones
no cuenta con espacio suficiente ante la excesiva población canina. “Solo
contamos con 42 celdas”. Tanto Rambo, como Pancha fueron capturados alguna vez,
pero se dieron modos inexplicables de salir de Zoonosis. Rodríguez afirma que
carecen políticas y proyectos para lidiar con los perros callejeros, que en su
mayoría son chorros también.
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