El chuto
Al usar el
servicio de taxi es casi habitual, al menos en Bolivia, iniciar una charla de
conductor a pasajero, una conversación que ayuda a conocer un poco de su vida
“íntima”, porque nunca sabes quién está en el volante, nunca sabes qué es lo
que tiene para contar y tampoco nunca sabrás cuán cierta es su historia hasta
ver los hechos.
Faltaba 10
minutos para la 1:30 de la madrugada y conseguir un algún taxitrufi en la
Cancha, a estas horas, es toda una travesía para un molle molleño (habitante de
la zona sud de Cochabamba-Bolivia), a menos que haya alguien que viva por ese
lugar y que quiera compartir la tarifa del taxi contigo, pero hoy, un jueves de
agosto, no era el caso.
El
silencio era la dueña de las calles. A lo lejos se escuchaba pequeños murmullos
de las señoras barrederas de la Empresa Municipal de Saneamiento Ambiental
(EMSA), una que otra persona recogía su mercadería y un par de motorizados
estacionados. Tomar un taxi era la única solución. Me acerqué a uno.
- ¿Cuánto
hasta la Molle Molle, maestrito? –pregunté, por si acaso éste excedía a la
tarifa acostumbrada. – 20 bolivianos –me respondió con aliento a coca. Sin
pensar dos veces abordé el coche. El conductor vestía un abrigo de color café,
cabellos despeinados, un pijcho (bollo de coca) entre los dientes y aparentaba
de 40 años aproximadamente. El vehículo era un Toyota Corolla, modelo 96, color
blanco con unas franjas negras que formaban parte de su decoración.
Marcelo
era el nombre del maestrito, tachero desde de los 90´s. El clima, era un buen
tema para iniciar la charla, luego abordamos sobre las frecuentes batidas que
la policía realizaba en las últimas semanas en diferentes sectores de la
ciudad. Estos operativos se realizan para el control de indocumentados,
verificación de Seguros Obligatorios contra Accidentes de Tránsito (SOAT),
estado del conductor y demás. – Para sacar plata nomás es –comenta don Marcelo,
parecía incomodarle la temática. Decidí callarme.
Mientras
continuábamos el recorrido por el carril izquierdo de avenida Petrolera, rompió
el silencio confesándome que no contaba con licencia de conducir y que nunca
había realizado el trámite. - Soy Chuto –comentaba con tono burlesco. Me
pregunté a mí mismo si puede existir un hombre que lleva más de dos décadas en
el rubro sin licencia de conducir. Don Marcelo aseguraba que nunca había caído
en manos de uniformados y que es un fugitivo de batidas. -Este tipo, o tiene
demasiada suerte o me está mamando (término usado popularmente para referirse a
una mentira) –exclamé dentro mío. Obviamente surgieron una y mil preguntas más
del por qué; sólo se me ocurría hacer una pequeña oración a Dios para que
evitáramos ese inconveniente, quería llegar a casa ¡pero ya! Estaba muy
cansado.
Yo, también indocumentado (sin licencia, porque aún no cuento con ello, y sin carnet, porque olvidé la villera en casa y, maldita sea, tengo un poco de aliento a alcohol), temo por ambos. Para llegar a mi hogar, se tiene que pasar el Puente Tamborada (también conocido como La Playa, porque cada sábado se convierte un mercado de comerciantes mayoristas), donde se realizan constantes controles policiales. Recordaba el por qué no suelo sacar el Chebrito (mi carrito, mi primer autito) en las noches. – Uno sale a la calle sin coche, porque teme que los uniformados te agarren, pero esta maestrito se arriesga a lo extremo –murmuraba. No negaré que me sentía inseguro con el Chuto al volante.
Llegamos al puente Tamborada, estaba totalmente oscuro, pero había algo sospechoso, luces de linterna que se movían de un lado a otro, y al costado derecho se encontraban cuatro vehículos estacionados, las luces de parqueo los delató. ¡Se trataba de una batida, maldita sea! - Pucha, y ahora maestrito… ¿Qué hacemos? –le pregunté asustado. El capo hizo una maniobra en el volante, dobló en U para buscar otras alternativas.
Yo, también indocumentado (sin licencia, porque aún no cuento con ello, y sin carnet, porque olvidé la villera en casa y, maldita sea, tengo un poco de aliento a alcohol), temo por ambos. Para llegar a mi hogar, se tiene que pasar el Puente Tamborada (también conocido como La Playa, porque cada sábado se convierte un mercado de comerciantes mayoristas), donde se realizan constantes controles policiales. Recordaba el por qué no suelo sacar el Chebrito (mi carrito, mi primer autito) en las noches. – Uno sale a la calle sin coche, porque teme que los uniformados te agarren, pero esta maestrito se arriesga a lo extremo –murmuraba. No negaré que me sentía inseguro con el Chuto al volante.
Llegamos al puente Tamborada, estaba totalmente oscuro, pero había algo sospechoso, luces de linterna que se movían de un lado a otro, y al costado derecho se encontraban cuatro vehículos estacionados, las luces de parqueo los delató. ¡Se trataba de una batida, maldita sea! - Pucha, y ahora maestrito… ¿Qué hacemos? –le pregunté asustado. El capo hizo una maniobra en el volante, dobló en U para buscar otras alternativas.
La
aplicación “Whatsapp” para celulares con sistema Android, tiene en sus
características una opción para crear grupos de conversaciones, donde se puede
agregar a varias personas para hablar sobre temáticas específicas, la cual,
facilita filtrar información. En Cochabamba, y seguro que en los demás
departamentos de Bolivia, diferentes personas han creado estos grupos para
anunciar las batidas. “Chicos, dos paquitos están parados por el Quillman,
tengan cuidado”, “Batida en el avión, están con grúa”, “Batida, batida, batida
en el hipódromo”, “Muchachos, ¿Alguna novedad?”, son algunas de las
conversaciones del grupo. Pero este método no parece interesarle a don Marcelo,
porque cuenta con un celular moderno. Se guía por su instinto aventurero.
El plan
fue tomar otra ruta, pasar el puente paralelo de la Tamborada, la continuación
de la avenida Panamericana, pero a lo lejos también se vivía la misma escena. –
¿Y ahora jefe? –le dije. Nuevamente, el Chuto buscó otros rumbos. Se dirigió
hasta la Avenida Petrolera, allí, efectivos policiales se retiraban de a poco, probablemente
también se trataba de una batida. El
universo conspiró en contra nuestro para enseñarnos la importancia de estar
documentado, bueno, al menos eso creí ese instante. – Fija que el lunes iré a
buscar opciones para conseguir la licencia –le comentaba al Chuto mientras
aguardábamos estacionados por una de las oscuras calles.
De la
cancha a mi casa sólo se requiere 20 minutos, pero a estas horas, el trayecto es
de 10 a 15 minutos. Esa noche llegamos en más de una hora porque naufragamos,
tratando de evitar todos los controles policiales que se nos atravesó en el
camino. - Qué raro que a estas horas haya –me dijo sacando una pequeña
carcajada. No sabía si mirarlo con rencor y mandarlo a la mier… o animarlo para
que de una vez lleguemos a casa. Me pregunté ¿A cuántos pasajeros habrá hecho
pasar la misma situación?
Según
datos publicados en julio del 2010, a través de un periódico local, el, para
entonces, director de Tráfico y Vialidad, Juan Carlos Guzmán, reveló que en el
cercado existían 12.000 taxis y radiotaxis. Recientemente, el director
Departamental de Tránsito, David Chávez, aseguró que en la actualidad supera
ese número pero no se tiene datos precisos debido a que muchos vehículos
particulares también trabajan de taxistas y que no existe una afiliación de
taxistas donde, obviamente, la licencia de conducir sea un requisito para
pertenecer. Ante este informe me cuestiono ¿Cuántos de ellos también son
chutos?
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