El día de los ceros
Sólo faltaban ocho días más para completar las horas de práctica que Verónica Pérez requería para obtener su título de peluquera del instituto “Copacabana II” de Cochabamba, esos papeles membretados con sellos y firmas de autoridades que avalan su conocimiento y que en su mayoría son enmarcados en la pared de algún negocio de salón de belleza.
Todos los días ingresan a las 8:30 horas, pero ese viernes, Verónica fue una de las últimas en llegar de las 21 estudiantes que también pronto terminarían el curso. -Un día más como todos, -aseguraba- Además, ya es fin de semana.
El curso para ser peluquera o estilista dura dieciocho meses, aun que en otros se concluye de uno a dos años, varían según la especialidad. Los estudiantes, los primeros tres meses realizan clases teóricas, prácticas en maniquís y, posteriormente, con personas en el salón del instituto, ya que ofrecen servicios de cortes de cabello para todas las edades, y así, ganar más experiencia. Los precios son realmente económicos. Mientras aguardaba a su primer “cliente”, a quien seguramente le haría un cambio de look, se observaba así misma en el espejo que estaba frente suyo, y a la vez, situaba en la mesa el material que requeriría, después, se puso encima una bata de color celeste que lucía el logo de la institución en la parte izquierda superior. -¿Cómo lo han pasado anoche con tu familia? –le preguntaba Cecilia, su amiga que tenía un anhelo de concluir este curso para abrir un salón de belleza en su casa en el turno matutino que le generaría ingresos económicos para continuar sus estudios de contabilidad en el “Álvarez Plata”. - Mi mamá se ha farreado y a mi tío le han cortado un mechón grande de su cabello por haberse dormido –respondió en un tono burlesco. Día anterior fue el cumpleaños de su madre. Poco a poco las personas iban ingresando por un corte de cabello, los acomodaban uno al lado del otro, el espacio es pequeño, similar a una mesa de comedor para 20 personas, diez a cada lado, un espejo de casi un metro de alto, sujetado de forma vertical por madera que fue diseñada para esa función, abastecía para las futuras estilistas; cada mesa contaba con un tomacorriente, una instalación básica que lo realizó Jaime, el primo electricista de Carmen, una de las primeras egresadas de instituto que ahora es docente y además, encargada de vender fichas a personas que requieren los servicios de estas practicantes. El costo no supera los 4bs. Pero el precio no siempre fue el mismo. Mirta Velasco, una propietaria de un salón de belleza en la zona sud, recuerda que en su época de estudiante, el 2002, los cortes en los institutos eran gratuitos. - Tenías que conseguir a personas para que se hagan cortar, uff… sufríamos en busca de ello –expresa. Vlamidir Soria, un ex premilitar de la Séptima División, también recuerda que cada viernes acudía a estas escuelas por el corte Firpo. “2bs era la peluqueada”. En medio de esos angostos pasillos, aglomerados de personas que se hacían un cambio de look, un joven se acercó a Verónica. –Pasen por aquí –ella le invitó, mientras divagaba en sí, qué tipo de corte le pediría su primer cliente. – ¿Qué cortesito te hago papito? –dijo. El muchacho de 1.75m de alto, delgado, de tez morena contestó –Cero, por favor –con una voz, aparentemente convencido de su petición. Verónica confundía de ello se asombró y no pudo contener reírse porque era la respuesta que menos esperaba. Las demás estudiantes que rodeaban el sitio de la practicante, al escuchar la respuesta de este joven desconocido, giraron su vista hacia él. De fondo se escuchaba pequeños murmullos de clientes. – Seguro se ha farreado y le han cortado su cabello –otros decían – Seguro ha perdido una apuesta –y otros – Tiene caspa el muchacho –entre más comentarios.
Ante ello, lo único que respondió el joven fue que necesitaba un cambio. Ella prosiguió. Al parecer, para ese su primer cliente sólo requeriría una navaja, una maquinilla de afeitar y unas escobillas.
- El día se está poniendo bueno –decía en voz baja. Antes de cumplir el requerimiento de su cliente, sacó su celular, de marca Samsung CS5 y se tomó una selfie con él para subir a las redes sociales de un “antes” y un “después”.
El corte de pelo no duró más de diez minutos y el muchacho se fue. Verónica aún seguía con la duda del por qué este joven había tomado esa decisión. – Si le quedaba bien con su cabello grande –hablaba con sus demás compañeras. Nuevamente todo parecía volver a la monotonía. Otros clientes empezaron a llegar. Ese viernes, el salón tenía mucha clientela.
De pronto, un joven de tez blanca que vestía una polera verde, una gorra negra, un jean azul, de 28 años aproximadamente, se acercó hacia ella. – Una rapadita dale –exigió. Nuevamente confusión, asombro y un sinfín de preguntas reflejaban los rostros de las personas que oyeron esa petición. Murmuraron entre ellos. Verónica, sacó su celular para una selfie con él pero no se atrevió a más. ¿Por qué lo haces? –ella le preguntó. – Cosas de la vida –respondió en un tono frío pero firme. De nuevo, el corte no superó los diez minutos.
Después de una media hora, - ¡Vero, aquí tengo una cliente para vos! – gritó Carmen, la futura peluquera que se encontraba a uno pocos metros de Verónica. Se trataba de una jovencita de 20 años aproximadamente que quería su cabello en cero. Pensó que se trataba de una broma de mal gusto. - Sentate aquí… ¿Que ha pasado mamita? –le dijo. Su cliente no respondió nada. Sin más cuestiones, continuó con su pedido.
Cecilia cuenta que cada vez que concluyen un corte de cabello a alguna persona, posteriormente son evaluados por sus docentes. En esta oportunidad Verónica se sentía excluida. Hasta antes del medio día la bautizaron con el apodo de la “peluquera de los ceros”.
La siguiente media hora, nuevamente otro llegó con la misa petición. Y otro… y otro… y otro. Incluso había practicantes que les pasaban sus clientes a Verónica porque tenían la misma petición. De las diez personas a quienes atendió hasta el final del día, ocho requirieron el corte de cabello a cero, cinco de ellos eran varones, tres mujeres y dos, sólo una sacada de puntas. Las razones, nadie supo el por qué. Unos especulaban que lo hacían por fin de año, otros, en honor al “día del calvo”, pero poco se sabe de esa fecha, es una “práctica” que no se celebra en Bolivia, o bien, se desconoce de ello. Una de las noticias que causó gran repercusión el pasado año fue la manifestación en Gupuzkoa-España cuando un sujeto de nombre Jesús Hernández creó la asociación de calvos y marcharon en las calles por respeto y aceptación. Uno de sus logros fue establecer al 15 de mayo como fecha de conmemoración al “Día de los calvos”, pero Verónica descartó la idea en esta situación.
El 2 de abril del 2013, en la Revista Mirales, la periodista June Fernández cuenta toda una travesía por tomar la decisión de raparse el pelo luego de conocer la postura de la feminista Nica Oralia Gómez quien recientemente había realizado ese cambio en su vida por confrontar el miedo a estar o sentirse fea. June puso a prueba su autoestima. Vero, dudó esa posibilidad de que alguno de ellos lo hizo por razones feministas o poner a prueba su identidad.
El tratamiento de la quimioterapia, al utilizar fármacos para destruir células cancerígenas, genera efectos secundarios, uno de ellos es la caída de cabello, por ello, los doctores recomiendan el rapado. La historia cuenta que en el año 450 a.C. los sacerdotes egipcios se afeitaban el cabello y todo el cuerpo para evitar la presencia de piojos y demás parásitos. En otras culturas, el rapado era señal de luto. Son infinitas las posibilidades para explicar el accionar de las personas en el instituto de peluquería de aquel viernes. A Verónica le parecía era una jornada más, sin duda, lo recordará como el día de rapados o el día de los ceros.
Todos los días ingresan a las 8:30 horas, pero ese viernes, Verónica fue una de las últimas en llegar de las 21 estudiantes que también pronto terminarían el curso. -Un día más como todos, -aseguraba- Además, ya es fin de semana.
El curso para ser peluquera o estilista dura dieciocho meses, aun que en otros se concluye de uno a dos años, varían según la especialidad. Los estudiantes, los primeros tres meses realizan clases teóricas, prácticas en maniquís y, posteriormente, con personas en el salón del instituto, ya que ofrecen servicios de cortes de cabello para todas las edades, y así, ganar más experiencia. Los precios son realmente económicos. Mientras aguardaba a su primer “cliente”, a quien seguramente le haría un cambio de look, se observaba así misma en el espejo que estaba frente suyo, y a la vez, situaba en la mesa el material que requeriría, después, se puso encima una bata de color celeste que lucía el logo de la institución en la parte izquierda superior. -¿Cómo lo han pasado anoche con tu familia? –le preguntaba Cecilia, su amiga que tenía un anhelo de concluir este curso para abrir un salón de belleza en su casa en el turno matutino que le generaría ingresos económicos para continuar sus estudios de contabilidad en el “Álvarez Plata”. - Mi mamá se ha farreado y a mi tío le han cortado un mechón grande de su cabello por haberse dormido –respondió en un tono burlesco. Día anterior fue el cumpleaños de su madre. Poco a poco las personas iban ingresando por un corte de cabello, los acomodaban uno al lado del otro, el espacio es pequeño, similar a una mesa de comedor para 20 personas, diez a cada lado, un espejo de casi un metro de alto, sujetado de forma vertical por madera que fue diseñada para esa función, abastecía para las futuras estilistas; cada mesa contaba con un tomacorriente, una instalación básica que lo realizó Jaime, el primo electricista de Carmen, una de las primeras egresadas de instituto que ahora es docente y además, encargada de vender fichas a personas que requieren los servicios de estas practicantes. El costo no supera los 4bs. Pero el precio no siempre fue el mismo. Mirta Velasco, una propietaria de un salón de belleza en la zona sud, recuerda que en su época de estudiante, el 2002, los cortes en los institutos eran gratuitos. - Tenías que conseguir a personas para que se hagan cortar, uff… sufríamos en busca de ello –expresa. Vlamidir Soria, un ex premilitar de la Séptima División, también recuerda que cada viernes acudía a estas escuelas por el corte Firpo. “2bs era la peluqueada”. En medio de esos angostos pasillos, aglomerados de personas que se hacían un cambio de look, un joven se acercó a Verónica. –Pasen por aquí –ella le invitó, mientras divagaba en sí, qué tipo de corte le pediría su primer cliente. – ¿Qué cortesito te hago papito? –dijo. El muchacho de 1.75m de alto, delgado, de tez morena contestó –Cero, por favor –con una voz, aparentemente convencido de su petición. Verónica confundía de ello se asombró y no pudo contener reírse porque era la respuesta que menos esperaba. Las demás estudiantes que rodeaban el sitio de la practicante, al escuchar la respuesta de este joven desconocido, giraron su vista hacia él. De fondo se escuchaba pequeños murmullos de clientes. – Seguro se ha farreado y le han cortado su cabello –otros decían – Seguro ha perdido una apuesta –y otros – Tiene caspa el muchacho –entre más comentarios.
Ante ello, lo único que respondió el joven fue que necesitaba un cambio. Ella prosiguió. Al parecer, para ese su primer cliente sólo requeriría una navaja, una maquinilla de afeitar y unas escobillas.
- El día se está poniendo bueno –decía en voz baja. Antes de cumplir el requerimiento de su cliente, sacó su celular, de marca Samsung CS5 y se tomó una selfie con él para subir a las redes sociales de un “antes” y un “después”.
El corte de pelo no duró más de diez minutos y el muchacho se fue. Verónica aún seguía con la duda del por qué este joven había tomado esa decisión. – Si le quedaba bien con su cabello grande –hablaba con sus demás compañeras. Nuevamente todo parecía volver a la monotonía. Otros clientes empezaron a llegar. Ese viernes, el salón tenía mucha clientela.
De pronto, un joven de tez blanca que vestía una polera verde, una gorra negra, un jean azul, de 28 años aproximadamente, se acercó hacia ella. – Una rapadita dale –exigió. Nuevamente confusión, asombro y un sinfín de preguntas reflejaban los rostros de las personas que oyeron esa petición. Murmuraron entre ellos. Verónica, sacó su celular para una selfie con él pero no se atrevió a más. ¿Por qué lo haces? –ella le preguntó. – Cosas de la vida –respondió en un tono frío pero firme. De nuevo, el corte no superó los diez minutos.
Después de una media hora, - ¡Vero, aquí tengo una cliente para vos! – gritó Carmen, la futura peluquera que se encontraba a uno pocos metros de Verónica. Se trataba de una jovencita de 20 años aproximadamente que quería su cabello en cero. Pensó que se trataba de una broma de mal gusto. - Sentate aquí… ¿Que ha pasado mamita? –le dijo. Su cliente no respondió nada. Sin más cuestiones, continuó con su pedido.
Cecilia cuenta que cada vez que concluyen un corte de cabello a alguna persona, posteriormente son evaluados por sus docentes. En esta oportunidad Verónica se sentía excluida. Hasta antes del medio día la bautizaron con el apodo de la “peluquera de los ceros”.
La siguiente media hora, nuevamente otro llegó con la misa petición. Y otro… y otro… y otro. Incluso había practicantes que les pasaban sus clientes a Verónica porque tenían la misma petición. De las diez personas a quienes atendió hasta el final del día, ocho requirieron el corte de cabello a cero, cinco de ellos eran varones, tres mujeres y dos, sólo una sacada de puntas. Las razones, nadie supo el por qué. Unos especulaban que lo hacían por fin de año, otros, en honor al “día del calvo”, pero poco se sabe de esa fecha, es una “práctica” que no se celebra en Bolivia, o bien, se desconoce de ello. Una de las noticias que causó gran repercusión el pasado año fue la manifestación en Gupuzkoa-España cuando un sujeto de nombre Jesús Hernández creó la asociación de calvos y marcharon en las calles por respeto y aceptación. Uno de sus logros fue establecer al 15 de mayo como fecha de conmemoración al “Día de los calvos”, pero Verónica descartó la idea en esta situación.
El 2 de abril del 2013, en la Revista Mirales, la periodista June Fernández cuenta toda una travesía por tomar la decisión de raparse el pelo luego de conocer la postura de la feminista Nica Oralia Gómez quien recientemente había realizado ese cambio en su vida por confrontar el miedo a estar o sentirse fea. June puso a prueba su autoestima. Vero, dudó esa posibilidad de que alguno de ellos lo hizo por razones feministas o poner a prueba su identidad.
El tratamiento de la quimioterapia, al utilizar fármacos para destruir células cancerígenas, genera efectos secundarios, uno de ellos es la caída de cabello, por ello, los doctores recomiendan el rapado. La historia cuenta que en el año 450 a.C. los sacerdotes egipcios se afeitaban el cabello y todo el cuerpo para evitar la presencia de piojos y demás parásitos. En otras culturas, el rapado era señal de luto. Son infinitas las posibilidades para explicar el accionar de las personas en el instituto de peluquería de aquel viernes. A Verónica le parecía era una jornada más, sin duda, lo recordará como el día de rapados o el día de los ceros.
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